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Liberty-washing en Venezuela: Cómo Trump transforma las crisis en una narrativa de control

Actualizado: hace 3 horas

Liberty-washing: la práctica de invocar selectivamente el lenguaje de la libertad, la restauración democrática o el estado de derecho para legitimar acciones coercitivas en el extranjero, sin tener en cuenta la soberanía, las restricciones del derecho internacional o libertades comparables en el país.
Imágenes de Fabio Teixeira que retratan una protesta el 5 de enero, desde Cinelândia hasta el Consulado de los Estados Unidos, en Río de Janeiro – Brasil.

La operación estadounidense que resultó en la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro fue presentada por Donald Trump como un acto decisivo en defensa de la libertad, la democracia y el Estado de derecho. Según declaraciones oficiales, la acción se presentó como una medida de aplicación de la ley, basada en acusaciones de larga data contra Maduro de narcotráfico y conspiración criminal, junto con la afirmación de que el sistema electoral venezolano carecía de legitimidad. Sin embargo, la escala y la naturaleza de la operación — que implicó el uso de la fuerza militar contra un jefe de Estado en funciones — plantearon de inmediato dudas sobre el derecho internacional, la soberanía y los verdaderos motivos.

Para comprender este episodio es necesario separar tres elementos distintos que a menudo se condensan en una sola narrativa: las dificultades reales que enfrentan los venezolanos, las justificaciones presentadas por la administración Trump y el uso político de estas justificaciones para ejercer poder más allá de las fronteras de Estados Unidos.


Venezuela no es una excepción – la crisis es una condición global



Venezuela, al igual que otros países, ha experimentado polarización política, volatilidad económica, elecciones disputadas y migración masiva. Ninguno de estos fenómenos es único ni justifica, por sí mismo, la intervención extranjera. Elecciones disputadas, ciclos inflacionarios, violaciones de derechos humanos y flujos migratorios son características de la política global contemporánea, incluso en países que se posicionan regularmente como árbitros de la democracia.

Organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas, Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han documentado asuntos en Venezuela relacionadas con el debido proceso, el trato a la oposición política y la independencia institucional. Existen informes similares de aliados de EE. UU., y del propio Estados Unidos, donde el encarcelamiento masivo, la violencia policial, la supresión del voto y los poderes de emergencia también han sido objeto de constantes críticas. La existencia de fallas de gobernanza no crea una jerarquía de naciones, en la que algunas tengan derecho a la soberanía y otras estén sujetas a perderla.

La crisis migratoria venezolana debe entenderse en este mismo contexto global. Millones de venezolanos han abandonado el país en la última década, asentándose principalmente en países latinoamericanos vecinos, como Brasil. Su desplazamiento refleja una convergencia de contracción económica, sanciones, desigualdad regional y estancamiento político. Los refugiados no son prueba del fracaso moral de un Estado; son personas con opciones limitadas bajo presión estructural. Merecen protección, dignidad y respuestas políticas serias, y no ser utilizados retóricamente como símbolos del desorden.

A pesar de las frecuentes referencias de los comentaristas a la migración, los refugiados no fueron la principal justificación legal ni operativa ofrecida por la administración Trump para la detención de Maduro. Las declaraciones oficiales enfatizaron dos acusaciones por encima de las demás: narcotráfico y conspiración criminal, basadas en acusaciones estadounidenses que alegaban que agentes del Estado venezolano facilitaron el flujo de narcóticos; e ilegitimidad electoral, dado que Estados Unidos se negó a reconocer las recientes elecciones venezolanas como conformes a los estándares internacionales.

Estas acusaciones se han presentado como amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos y a la estabilidad regional. Si la evidencia respalda una acción tan extraordinaria es aún tema debatible. Las evaluaciones de inteligencia pública no han demostrado de manera concluyente que Venezuela desempeñe un papel central único en el narcotráfico transnacional en comparación con otros países de la región. La existencia de elecciones impugnadas — un fenómeno global — tampoco constituye una base legal para una intervención militar unilateral.

Lo que importa, desde un punto de vista analítico, no es si estas preocupaciones son totalmente inventadas, sino cómo se las eleva, aísla e instrumentaliza.


El Liberty-washing como técnica política.



Esta estrategia se puede describir mejor como liberty-washing. Se refiere a la invocación selectiva del lenguaje de la libertad, la democracia y el Estado de derecho para legitimar acciones coercitivas en el extranjero, ignorando la soberanía, las limitaciones del derecho internacional y libertades comparables en el país. Al igual que el pinkwashing o el greenwashing, no se basa en falsedades rotundas, sino en una selección de verdades utilizadas para una agenda política hegemónica.

En este caso, las acusaciones de narcotráfico e irregularidades electorales pasan de ser desafíos políticos a una autorización moral. El lenguaje de la "liberación" reemplaza a la diplomacia; la persecución penal reemplaza al proceso multilateral. La libertad se convierte en algo que Estados Unidos se atribuye el derecho a administrar, en lugar de una condición ejercida por el propio pueblo.

Esta lógica explica una contradicción central: Trump se presenta como un defensor global de la libertad en el extranjero y mientras a nivel nacional cuestiona abiertamente la legitimidad electoral, la independencia judicial y la libertad de prensa. El liberty-washing resuelve esta contradicción al transformar la libertad en una posesión de poder, en el lugar de un principio universal.


El Premio Nobel de la Paz y la personalización de la política exterior


La obsesión de Trump con el Premio Nobel de la Paz ilustra aún más cómo la instrumentalización de la libertad opera a nivel de ambición personal. Los informes indican que Trump consideró el premio como una validación de su prestigio global, y que surgieron tensiones cuando la líder opositora venezolana María Corina Machado lo aceptó en su lugar. El reconocimiento de Machado, arraigado en la lucha política no violenta, no se tradujo en un apoyo total de Estados Unidos, supuestamente porque socavó la propia afirmación de Trump de ser una autoridad en la promoción de la paz.

Esta personalización es importante. Cuando la política exterior se convierte en un escenario de competencia simbólica, los actores democráticos que no se alinean con este simbolismo son marginados. La instrumentalización de la libertad, por lo tanto, no fortalece a la sociedad civil venezolana; centraliza la legitimidad en Washington.

La retórica de Trump después de la operación sugiere algo más que el simple inicio de un proceso judicial. Las declaraciones sobre supervisar la "transición" de Venezuela o determinar resultados políticos aceptables reflejaron una postura más amplia, evidente en otros contextos — incluido Gaza — donde la soberanía se considera provisional, revocable por una fuerza superior.

En ambos casos, el territorio se discute menos como el espacio político de un pueblo y más como un problema de seguridad que debe gestionarse. Se invoca la ley, la libertad y el orden no para restringir el poder, sino para racionalizar su expansión. Esto no es una anomalía; es una lógica de intervención familiar reformulada en el lenguaje contemporáneo.


Los refugiados merecen protección, no ser utilizados como herramienta narrativa



Es crucial que los refugiados venezolanos no sean incluidos en esta lógica. Su desplazamiento no justifica el uso de la fuerza; es una crítica al fracaso global, incluyendo los regímenes de sanciones, la desigualdad regional y el apoyo internacional insuficiente. Respetar a los refugiados significa resistir su instrumentalización como moneda de cambio moral en disputas geopolíticas.

La retórica de la libertad transforma a los refugiados en símbolos. Como prueba del fracaso del Estado, justificación para la intervención o telón de fondo para obtener ganancias estratégicas. Un enfoque serio, en cambio, priorizaría el derecho de asilo, la cooperación regional y el apoyo a largo plazo, sin militarización.

La detención de Nicolás Maduro no revela mucho sobre la supuesta disfunción excepcional de Venezuela, pero sí revela mucho sobre cómo opera el poder cuando se disfraza con el lenguaje de la libertad. Las justificaciones de Trump se basan en preocupaciones selectivamente amplificadas sobre las drogas, las elecciones y la gobernanza, transformadas en autoridad moral para acciones unilaterales.

El liberty-washing instrumentaliza el sufrimiento. Y al hacerlo, corre el riesgo de convertir las crisis en precedentes para un mundo donde la soberanía es condicional, la ley es opcional y la libertad es algo impuesto, no vivido. Los venezolanos, incluidos aquellos que han huido, merecen algo mejor que esto.


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Escrito por Mirna Wabi-Sabi y fotografiado por Fabio Teixeira

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